"El papel del artista contemporáneo en la conservación de su obra."
 
Por Daniela Ortega Espinoza
Daniela Ortega Espinoza

Daniela Ortega Espinoza estudió la licenciatura en restauración de bienes culturales en la ENCRYM. Desde 2015 ha participado en diferentes proyectos de conservación, trabajando bienes patrimoniales muy diversos: desde arqueológicos hasta obras de arte contemporáneo.

Durante más de 4 años ha colaborado en proyectos de conservación en distintas comunidades rurales de México, desarrollando un gran interés por los vínculos y dinámicas sociales que ocurren alrededor de los objetos que restaura. Su pasión por el arte, la historia y los viajes la han llevado a involucrarse en proyectos educativos que buscan generar experiencias significativas en torno al patrimonio cultural. 

La conservación de una obra de arte es un proceso multifactorial, en el que confluyen cientos de variables, condicionantes y hasta un poco de azar. En la vida y transformación de cualquier objeto artístico participan una multitud de actores y situaciones, pero en las siguientes líneas nos centraremos solamente en uno: el artista. Tradicionalmente se piensa en este ser creativo como el orquestador de universos estéticos y el incitador de la experiencia artística, pero pocas veces lo consideramos como un agente determinante de la preservación de la obra que ha creado. Este texto intenta responder a la pregunta: ¿Es o debe ser el artista responsable de la conservación de su obra?

Existen dos situaciones en la vida de cada obra de arte en que los artistas toman un rol angular en su destino y permanencia. La primera ocurre en el momento mismo de la creación y la segunda sucede como respuesta a cualquier alteración que la obra sufra.

El momento de creación

En el maravilloso y complejo proceso de creación artística ocurre una concatenación de decisiones que el artista toma para dar salida a su creatividad. Pero existe una que determinará en gran medida el futuro de la obra:  la elección de los materiales o medios que utilizará para su creación.

Los materiales en el arte siempre han sido elegidos de acuerdo con la intención que el creador persigue con cada obra. Esta intención tiene que ver, en primer lugar, con lo que el artista espera que su obra provoque en quien la observa e interactúa con ella. Pero la intención del artista también se relaciona con los deseos que el creador albergue para el futuro de su obra.

Por cientos de años, los artistas buscaron que sus obras los trascendieran y que perduraran durante mucho tiempo, capaces de seguir transmitiendo la intención de la que ellos las habían dotado. Es por ello que utilizaron en sus procesos creativos materiales de propiedades estables y perdurables (Gordon, 2013). Existía en los gremios y más tarde en las academias de arte un profundo conocimiento respecto a la preparación y el uso de los materiales con los cuales los artistas trabajaban, lo que dotaba a los creadores de amplios saberes respecto a las propiedades de cada material, incluyendo la forma en la que estos envejecerían [1]. Los procesos de fabricación de materias primas para las artes eran artesanales y costosos, por eso la mayoría de los artistas utilizaban un número limitado de ellos y con un rango bastante escaso de variabilidad en las técnicas para manejarlos. En el arte tradicional los materiales eran solamente el vehículo para la expresión, y no eran considerados en sí mismos parte del mensaje que se buscaba transmitir.

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Pigmentos y gomas naturales. Fotografía de Ponto e vírgula. Licensed under CC BY-NC-ND 2.0

En los albores del siglo XX, las nuevas corrientes artísticas cambiaron el arte para siempre. El arte moderno y contemporáneo se nutre de la experimentación y la búsqueda de libertad expresiva, al margen de lo establecido por el arte tradicional y la academia. En las primeras rupturas la experimentación de los materiales fue más tímida, cambiando el tipo y la naturaleza de los pigmentos empleados, sustituyendo versiones artesanales por sus equivalentes sintéticos [2] y variando las dimensiones y el formato de las obras (Rotaeche, 2011).  Con el paso del tiempo el nivel de experimentación y la apertura a la libertad e individualidad de cada artista llegó a niveles antes inimaginables. Desde el hito que supuso la aparición del ready made hasta el polémico uso actual de seres vivos como materiales para el arte, la incorporación de la vida real al proceso artístico ha provocado un efecto que Rebecca Gordon  llama de “desmaterialización” del arte, en el que ya no existen límites claros entre lo que compone el soporte de la obra y el mensaje o intencionalidad de la misma [3] (Gordon, 2013).

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La aplicación de color en esta obra, con empastes y pinceladas de marcada textura, denota una intención expresiva en el uso de los materiales. Fotografía tomada en la exposición La danza de los espectros presentada en el Museo de Arte Moderno en 2014. Fotografía de Daniela Ortega.

 

El creciente, aunque nunca total, abandono de los materiales que tradicionalmente se utilizaron en el arte y la introducción de nuevos medios puede tener muchas intenciones. Puede ser que la elección de materiales responda a criterios de tipo estéticos si el artista busca que sus materias primas respondan a sus necesidades creativas; o que los materiales sean seleccionados por motivos prácticos si el creador privilegia materiales que sean accesibles y cotidianos. También pueden perseguirse intenciones ideológicas con el uso de ciertos materiales, cuando estos son elegidos bajo la premisa  de trasgredir los cánones establecidos respecto a los medios comúnmente autorizados para el arte (Rotaesky, 2001). En otros casos la elección de materiales y medios es acorde al desinterés expreso de algunos artistas contemporáneos por preservar su obra para la posteridad, incorporando la degradación de ésta como parte fundamental de su razón de ser. [4]

Todas están intenciones pueden dar como resultado obras en las que los artistas utilizan materiales desconociendo por completo el comportamiento y el tipo de interacción que estos presentarán en un futuro (a veces tan cercano como un par de años).

Quizá el único freno a la experimentación material y al genuino desinterés por la permanencia de las obras es la intención que tienen los artistas por insertar sus creaciones en el ámbito institucional y comercial de los museos, galerías o colecciones particulares. Una obra que busque introducirse en este ámbito debe de considerar la necesidad que tienen los museos, los coleccionistas y los mecenas de que la obra de arte contemporáneo siga siendo ese objeto único e irrepetible. La inserción de las obras contemporáneas en el mercado y la exhibición del arte requiere de ellas que materialicen de alguna forma un valor simbólico y económico que pueda cuantificarse y asegurarse, es decir, una obra a la que se le pueda otorgar un lugar dentro de cada colección (Rotaeche, 2001).

Así, en cuanto la obra pasa a formar parte de algún acervo o colección, se abre la posibilidad de una nueva participación del artista en el futuro y permanencia de esta. Pero esta segunda participación del creador está ciertamente restringida por la aparición de nuevos actores e intereses que se ponen en juego.

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Esta pieza se compone de papas, material de laboratorio y procesos químicos ocurriendo en tiempo real. Fotografía tomada en la exposición Transformación, del artista Víctor Grippo, presentada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo en 2014. Fotografía de Daniela Ortega.

El momento de intervención

Tendremos que comenzar por aceptar que ha sido una práctica habitual que los artistas intervengan, modifiquen o actualicen sus obras cuando éstas sufren algún deterioro o deben adaptarse a nuevas condiciones de exhibición, almacenamiento, etc. Esta práctica comenzó a cambiar con la consolidación de la restauración como una disciplina profesional. En México las instituciones culturales, tanto públicas como privadas, han incorporado a la conservación-restauración como una disciplina con metodologías y criterios propios cuyo interés no es únicamente mantener las cualidades estéticas o materiales de las obras sino comprenderlas y preservarlas en su carácter de patrimonio cultural. No obstante, el arte contemporáneo presenta múltiples complejidades en su conservación. La primera es de carácter normativo ya que solo puede considerarse patrimonio artístico (monumento histórico o artístico) la obra así declarada mediante decreto emitido por el Gobierno de México, y en el caso de las obras muebles no podrán ser declaradas monumentos artísticos mientras el artista que las creó esté vivo (Ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicos, artísticos e históricos, 1972). Por lo tanto, una gran cantidad de obras artísticas contemporáneas están protegidas por la Ley Federal del Derecho de Autor y no por la legislación en materia de patrimonio cultural [5].

Aun cuando una obra de arte haya sido adquirida por algún tercero y los derechos patrimoniales hayan sido cedidos a éste, el autor (y sus herederos o en algunos casos el Estado) conserva el derecho moral sobre la misma. Estos derechos morales le dan la facultad de oponerse a cualquier deformación, mutilación, modificación o toda acción que a su juicio cause demérito de la obra o perjuicio de su reputación, al tiempo que le conceden el derecho a modificar su obra (Ley federal del derecho de autor, 1996). Dicho esto, es claro que los artistas tienen un peso importantísimo en todos los procesos de conservación y exhibición de sus obras. Por eso cualquier tratamiento de conservación y restauración que se pretenda realizar en obra de artistas contemporáneos vivos, debe ser, ante todo, comunicado a quien ostente los derechos morales de autor para que esté en posibilidad de ejercer los derechos que la Ley le otorga. En términos prácticos la Ley posibilita a los autores para autorizar o rechazar cualquier ajuste, modificación o recreación de la materialidad de su obra, aun cuando ésta pertenezca a un museo o colección (Rotaeche, 2001).

Ésta obligada comunicación entre el artista y el restaurador, además de suponer un respeto a la legislación vigente, ha derivado en un proceso sumamente enriquecedor para la conservación del arte contemporáneo. En la metodología que los restauradores de arte contemporáneo siguen para intervenir cualquier obra se ha vuelto un paso fundamental la entrevista con el artista. En ella es posible acceder a información valiosísima, que en muchos casos solo el autor posee, sobre los materiales utilizados y los procesos técnicos de ejecución. En la entrevista con el artista pueden conocerse detalles tan específicos como las marcas comerciales o las preparaciones de los materiales utilizados, así como la existencia de problemas técnicos ocurridos durante el proceso creativo y sus soluciones. Pero más importante aún que estas presiones sobre la identidad y el origen de los materiales, es la información que se obtiene respecto a la intención que tenía el artista al utilizarlos, puesto que la conservación no plantea sólo la preservación física de los materiales que componen la obra sino sobre todo la preservación del concepto, idea o intención que el artista plantea con ella.

En esta búsqueda por conocer la naturaleza material y conceptual de la obra se ha develado una gran verdad: la intención del artista no es inmutable. Numerosos ejemplos han demostrado que la intención con la que el artista creó la obra no es necesariamente la misma que tiene cuando ésta será intervenida, muchas veces el cambio y la transformación de la obra son incorporados al discurso del artista una vez que han sucedido [6]. La intención del artista es un concepto sumamente subjetivo y por lo tanto imposible de determinar tajantemente, y de hecho en muchas ocasiones se muestra múltiple y voluble. Mientras el artista o quien ostente los derechos morales de la obra esté vivo, las intenciones que manifieste deben ser tomadas en cuenta cada vez que la obra deba ser restaurada, modificada, rearmada, etc.

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El brote de una planta en una de las papas de esta obra ¿fue intencional? ¿tiene algún significado? ¿debe conservarse? Fotografía tomada en la exposición de Víctor Grippo, presentada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo en 2014. Fotografía de Daniela Ortega.

 

Pero es necesario hacer una precisión importantísima: aunque los derechos que el artista tiene sobre su obra hacen imprescindible su participación en las disposiciones sobre el futuro y conservación de ésta, la opinión del artista no debe tener el carácter definitorio en la decisión de los criterios y metodologías de los tratamientos de restauración. Lograr un trabajo colaborativo con los artistas será un motivo de enriquecimiento en la conservación de sus obras siempre y cuando no traspase los límites que separan una intervención respetuosa de una actualización incontrolada, aunque se le revista con la legitimidad de contar con el acuerdo del artista. Es labor del restaurador decidir y ejecutar los tratamientos necesarios para la conservación de las obras que pertenecen a colecciones públicas y privadas. Mata y Landa han documentado procesos afortunados en los que el propio artista trabaja en conjunto con el restaurador para buscar una solución óptima y eficiente para la conservación de sus obras; sin embargo, en todos los casos es el restaurador quien determina los parámetros teórico-prácticos que se han de ejecutar (Mata y Landa, 2011).

Para finalizar esta disertación retomaremos la pregunta inicial: ¿Es o debe ser el artista responsable de la conservación de su obra?

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Desvío a rojo. Exposición de Cildo Meireles presentada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en 2009-2010. Fotografía de Oscar Hernández. Licensed under CC BY-NC-SA 2.0

 

En los hechos resulta que el artista es un conservador potencial de su obra cuando define la intención de ésta y decide los materiales y medios que utilizará. El artista también es parte del proceso de conservación cuando ejerce su derecho moral a ser consultado sobre cualquier tratamiento que pueda modificar o alterar de algún modo la integridad material o conceptual de su creación.

Pero en la compleja tarea de definir el futuro de sus obras no está solo, existen distintos especialistas que tienen mucho que aportar. El restaurador especialista en arte contemporáneo puede convertirse en un gran aliado, ya que posee los conocimientos técnicos y científicos respecto a la interacción de los materiales y los procesos de transformación que éstos sufren durante su envejecimiento. Así, la mancuerna artista-restaurador ofrece muchas posibilidades de enriquecer el trabajo del artista, no solo en el momento en que una obra se ha deteriorado, sino también en el momento en que el artista materializa sus ideas creativas. Como acertadamente afirman Landa y Mata: “la interacción artista-obra-restaurador no sólo resulta de gran importancia en la toma de decisiones, sino que, al intercambiar ideas, se genera conciencia en el artista sobre las ventajas y desventajas de sus técnicas de trabajo, así como acerca de los beneficios de utilizar materiales con mayor perdurabilidad” (Mata y Landa, 2011; p75). El trabajo conjunto puede proveer soluciones técnicas efectivas para lograr obras que puedan seguir deleitando, asombrando, cuestionando, incomodando o trastocando a espectadores por más tiempo.

Por supuesto, por ningún motivo los artistas deben de ver coartada su libertad de expresión, en aras de lograr la perdurabilidad de las obras, si ese no es su deseo. En esos casos será necesario buscar otras soluciones para la coexistencia de las intenciones del artista y las necesidades de conservación de las instituciones que adquieren sus obras.  

La libertad y experimentación con la que se ejerce el arte contemporáneo exige mucha creatividad también para quienes trabajan para conservarlo. Lo que supone un fascinante reto para el restaurador, pero ese tema será motivo de otro texto.

[1] Se ha demostrado que algunos pintores renacentistas conocían muy bien el efecto que el envejecimiento del barniz provocaría en sus pinturas. Por lo tanto, eran capaces de manejar las variables en la preparación de sus materiales para conseguir un envejecimiento favorable a su obra (Rotaeche, 2011).

[2] Por supuesto, esto está estrechamente relacionado con el momento histórico que se vivió como consecuencia de los cambios en los modos de producción y de consumo, que impactaron también el mundo del arte.

[3] El arte conceptual es un claro ejemplo de ello, pues en esta propuesta artística lo importante es la idea que se busca transmitir y no el objeto material por medio del cual se hace. Los happenings o eventos performativos son también un desafío a la dualidad materia-símbolo del arte.

[4] Algunos creadores consideran lo efímero como parte fundamental del mensaje de sus obras, mientras que otros se refieren a su arte como “procesual” entendiendo que parte del significado y la estética de la obra es su cambio o degradación (Landa, 2011).

[5] La normatividad aplicable a la conservación y restauración de monumentos artísticos, arqueológicos e históricos se remonta al 19 de enero de 1934 con la expedición de la Ley sobre protección y conservación de monumentos arqueológicos e históricos, poblaciones típicas y lugares de belleza natural. En este sentido la primera declaratoria de monumento histórico fue publicada el 8 de enero de 1943 y recayó sobre la obra de José María Velasco (nota del editor).

[6] Rebecca Gordon documenta este fenómeno en el caso de una obra de arte que emplea materiales orgánicos de naturaleza efímera (Gordon, 2013).

Referencias

Gordon, R. (2013). Material significance in cotemporary arts. ArtsMatters. International Journal for Technical Art History, 5-10.

Landa, L. M. (2011). La intervención del artista en la restauración de arte contemporáneo. Intervención. Reevista internacional de conservación, restauración y museografía, 74-79.

Ley federal del derecho de autor. (1996). México.

Ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicos, artísticos e históricos. (1972). México.

Rotaeche, M. (2011). Conservación y restauración de materiales contemporáneos y nuevas tecnologías. Madrid: Síntesis.

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