"ελπισ Esperanza"

Ciudad de México. La exposición titulada “ελπισ Esperanza”, que a raíz de la pandemia de covid-19, reunió los testimonios de 16 fotógrafos de la manera en que han vivido el confinamiento, se presentó con 70 piezas en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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En la exposición destaco la participación de CECILIAS RODARTE, con la serie fotográfica “La Luz y el Polvo”, la cual no sólo ha generado aclamación y admiración del público, si no también de su compañera de Colectivo Nawwa, Serioshka Hellmund, quien ha escrito la siguiente reseña:

28 de marzo del 2021

 

Sobre “La Luz y el Polvo” de Cecilias Rodarte

 

Entré al Claustro de Sor Juana, en ese peculiar silencio que hemos llegado a conocer durante esta pandemia.  El enorme espacio del Claustro vacío de humanos y lleno de vida.  Dos gatos negros me saludaron mientras se paseaban, como dueños que son, del lugar.  Pasé por un túnel que bloqueaba la luz del sol y finalmente al espacio en donde varios fotógrafos se reunieron en la exposición “Esperanza”.  Entré con recelo, confieso que los pisos de vidrio me imponen y asustan un poco, es como pisar un aire sólido que nunca estoy tan segura de que me proteja del todo de una caída hacia el pasado en donde Sor Juana escribía sus versos.  Me armé de valor pues quería ver la obra de Cecilia Rodarte, Mujer y Artista a quien he admirado desde hace muchos años y he tenido la fortuna de ver cómo ha resistido vehementemente, la he visto crecer y he visto su obra siempre con profunda reverencia a esa mano y a ese ojo. 

Entro caminando con precaución, mirando al suelo, giro a la izquierda y levanto la mirada para ver la obra de Cecilia. Un golpe de belleza, un quiebre en mi respiración, un aleteo de mi corazón, chispazos de las neuronas que recuerdan sin palabras.  Algo cambió. Conozco a Cecilia desde hace muchos años y soy una fiel admiradora de su obra, abstractos creados por el tiempo sobre lámina oxidada, los relieves en las hojas de un maguey, un nopal que cuenta historias, la belleza del metal, de la pintura descarapelada, del detalle que por cotidiano pasa desapercibido, color, textura y contraste. 

Mi mirada se encuentra con un callado blanco sobre blanco, sutiles poemas que recuerdan la pintura de Morandi, la luz onírica, los objetos cotidianos y la volumetría geométrica.  Esta serie de fotografías esta impresa sobre papel de algodón, un recurso fantástico, pues permite que los bordes de la figura se fundan con el fondo.  La mirada de la artista cuestiona los bordes, la realidad, ese mito entre lo sólido y lo etéreo.  Nos transporta a un espacio de duermevela, una fábula de otros tiempos.  El polvo acumulado, la sutil diferencia de tonos, el pequeñísimo detalle de un hilo rojo, el recuerdo de un vino tinto que se bebió hace mucho, una copa con la que todos hemos brindado y los fragmentos de la copa, cómo los fragmentos de un brindis lejano, el recuerdo brumoso de un tiempo que quizá jamás existió.  En la fotografía de la botella, se adivina el reflejo de la artista, apenas una silueta que la mente recompone como un rostro. Una presencia casi invisible como el mismo polvo, un rastro casi inexistente sobre el vidrio, entre los reflejos y el polvo, podemos pensar que es nuestro propio rostro mirando la botella, o mirando la foto, que nos regresa la mirada.

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Una carta cuyas letras no podemos leer, pero casi podríamos, casi nos cuentan una historia, pero son sólo trazos compositivos que nos engañan con una historia que se contó, que alguien escribió y alguien más leyó… un sobre con un número, una clave más por descubrir, mientras los bordes son casi fondo casi forma; un cubo perfecto, cómo aquellos que hacíamos en la primaria, con los bordes dibujados, sin sombra, casi flotando sobre una superficie blanca, cubierto con el polvo de 10 años, un polvo que bajo la mirada de Rodarte se convierte en sombra y en reloj, en medida y textura.

Son 5 fotografías en tonos blancos azulosos, grisáceos, verdosos, rosáceos… hermosa melancolía.  Me acerco a la obra, exploro una por una a detalle.  El polvo acumulado sobre los objetos, un aura de tiempo, la sutil caída incolora que con el tiempo se convierte en una maraña de pequeñísimos fragmentos de todo, piel, polvo, hilo, cosas que el tiempo carga y que el tiempo deposita.  Me recuerda el sentir de un café en la plaza vacía, un cuaderno en una cantina con el murmullo de la gente a mi alrededor, un paseo en un bosque al amanecer, una iglesia sin misa, una hoja que lleva el viento.  Un espacio de reflexión.   

Me siento en el suelo de vidrio, olvidando la sensación de peligro y me sumerjo en las imágenes que son cómo burbujas de jabón, sutiles, livianas…  dan la idea de que en cualquier momento pueden deshacerse; desaparecer.

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La misma Artista se pregunta: 

“La espera de las cosas bajo el polvo.  ¿Cómo ha vivido en mi eso que destiné a la quietud, como ha vivido en sí mismo? Sé que encontraré nidos de seres que han confiado en esa quietud, seres que preparan sus alas, que devoran el polvo.  Sé que los he de matar.  Yo, que no mato nada, quizá tenga que hacerlo ahora.  Matar las historias que han vivido ahí.

 

¿Tiene cicatrices el Sol?

¿Qué exactamente es el Helio?

Mis combustiones de estrella que quiere brillar”

 

Y yo quiero contestar, las historias que dices matar dan vida a cada uno de los que tenemos la fortuna de internarnos en el espacio íntimo de tu mirada, a todos los que hemos bebido una copa de vino, recibido una carta, sellado un sobre lamiendo el borde pegajoso.  Tus combustiones de estrella que brilla e ilumina espacios obscuros del corazón que se detiene por el tiempo de un suspiro al mirar tu obra.

 

El arte contemporáneo es siempre extemporáneo… no conocemos a los artistas que harán historia, hasta que ya son historia, sin embargo, Cecilia Rodarte está aquí, con años de mirar dulce y sentir exaltado.  Una guerrera de lucha incansable cuya arma es una mirada profunda y una cámara colgada al cuello.  Dedicación y precisión en cada paso del proceso que llevará a la luz lo que es sólo una serie de unos y ceros en la memoria de una cámara digital.  El pensamiento profundo y poético, la sonrisa amplia, la mente abierta y siempre dispuesta a la sorpresa.  Rodarte hará y hace historia.  En una época en donde la imagen es tan profusa y constante que dejamos de verla, la fotografía de Cecilia nos regresa la visión y la mirada clara, la capacidad de asombro y nos deja clara la diferencia entre una fotografía y una obra de arte.  Gracias Cecilia, por siempre sorprendernos y dejarnos sin aliento.

 

Serioshka Hellmund